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El Avemaría diario que rompió dos cadenas

  • Foto del escritor: Maria Reza
    Maria Reza
  • hace 3 días
  • 2 min de lectura

Relatado por el padre Pablo Segneri en su obra "El cristiano instruido", acerca del padre Nicolás Zucchi.


Glories of Mary

Un joven de Roma, dado a malas costumbres y agobiado de pecados, fue a confesarse con el padre Nicolás Zucchi. El confesor lo recibió con bondad, se compadeció de su estado y le dijo que la devoción a la Virgen lo libraría de sus vicios. Como penitencia, le dijo que, hasta su próxima confesión, cada mañana al levantarse y cada noche al acostarse rezara un Avemaría a la Santísima Virgen María, ofreciéndole sus ojos, sus manos y todo su cuerpo, y pidiéndole que lo guardara como cosa suya; y que besara el suelo tres veces. El joven lo hizo, al principio sin mejoría visible, pero el padre seguía animándolo a no dejarlo nunca y a confiar en la protección de María.

 

Al cabo de un tiempo, el joven dejó Roma y viajó al extranjero con unos compañeros. Cuando regresó y volvió a su confesor, el padre quedó asombrado y lleno de gozo al hallarlo enteramente cambiado y libre de sus antiguos defectos. "Hijo mío", le preguntó, "¿cómo obtuviste de Dios un cambio tan dichoso?". "Padre", respondió el joven, "la Virgen, por medio de aquella pequeña devoción que usted me enseñó, me alcanzó esta gracia".

 

La historia no terminó ahí. El mismo confesor lo contó desde el púlpito, y lo oyó un oficial que durante varios años había mantenido una relación pecaminosa con cierta mujer. Resolvió tomar la misma devoción para romper el lazo que lo sujetaba, y también él dejó sus malos pasos y cambió de vida. Pero seis meses después, confiando neciamente en sus propias fuerzas, decidió un día ir a ver si la mujer también había cambiado. Al llegar a la puerta de su casa, donde corría claro peligro de recaer en el pecado, se sintió empujado hacia atrás por una fuerza invisible, y de pronto se encontró a la otra punta de la calle, ante su propia puerta. Comprendió claramente que María lo había salvado de su ruina.


Fuente:

Relatos sencillos de las historias de "ejemplo" que san Alfonso María de Ligorio colocó al final de cada sección de Las Glorias de María. Están parafraseadas en lenguaje moderno y sencillo, fieles al contenido de la traducción inglesa de 1888, aunque no palabra por palabra; los diálogos se han suavizado en lugar de copiarse. El mismo Ligorio, en su "Protesta" como autor, advirtió que los milagros y las apariciones que aparecen en el libro se ofrecen solamente sobre autoridad humana, y no como artículos de fe.

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