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Historias


El ladrón que ayunaba los sábados
Allí la Santísima Virgen dijo a los guardias: "Decid al obispo de mi parte que dé a este hombre una sepultura honrosa en tal iglesia, pues fue mi siervo fiel". Así se hizo; y desde aquel tiempo, dice Cesáreo, la gente de aquella región empezó a ayunar los sábados.
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Catalina y el pan teñido de sangre
Por la mañana ella fue a confesarse con santo Domingo, repartió entre los pobres todo lo que tenía, y después vivió una vida tan santa que alcanzó gran perfección, y María se le aparecía a menudo.
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Santo Domingo y el Rosario
Santo Domingo hizo entonces que el pueblo rezara el Rosario, y a cada Avemaría los demonios salían del hombre como carbones encendidos, hasta que al final quedó del todo libre; y muchos que se habían extraviado en la herejía se convirtieron.
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Historias de los siete dolores de María
Historias de los Siete Dolores de María, contadas por san Alfonso de Ligorio.
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El noble que sirvió al demonio
Nuestro Señor reveló a santa Brígida que aquel pecador se había salvado y estaba en el purgatorio, y que se había salvado por la intercesión de la Santísima Virgen María; pues, por pecaminosa que hubiera sido su vida, siempre había conservado una devoción a sus dolores, y cada vez que los recordaba sentía compasión de ella.
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El sacerdote que perdio la vista por ver a la Virgen
María quiso concederle su deseo y de nuevo lo consoló con su presencia; pero como esta amorosa reina nunca puede hacer daño a nadie, cuando se le apareció por segunda vez no solo no le quitó el otro ojo, sino que hasta le devolvió el ojo que había perdido.
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El extranjero y el Escapulario de los Siete Dolores
El confesor lo reanimó, terminó la confesión y lo absolvió, hallándolo verdaderamente contrito y resuelto a cambiar de vida. Volvió a su tierra, habiendo dado al sacerdote plena libertad de dar a conocer en todas partes la gran misericordia que María le había mostrado.
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Los frailes y la carta de nuestra Señora
Al pie estaba la firma de la Virgen María. Fácil es imaginar las gracias que aquellos buenos frailes dieron a la Madre de Dios, y cuán fuertemente se sintieron movidos a amarla y servirla el resto de su vida.
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El Avemaría diario que rompió dos cadenas
Al llegar a la puerta de su casa, donde corría claro peligro de recaer en el pecado, se sintió empujado hacia atrás por una fuerza invisible, y de pronto se encontró a la otra punta de la calle, ante su propia puerta. Comprendió claramente que María lo había salvado de su ruina.
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Sor Dominica y el niño herido
Entonces la escena cambió: la mujer apareció vestida como una reina y rodeada de luz, y el niño resplandecía como un sol. Él tomó las flores y las esparció sobre su cabeza. Ella comprendió al instante que eran Jesús y María, y se postró para adorarlos, y la visión terminó. Dominica tomó más tarde el hábito dominico y murió en 1553 con fama de santa.
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El monje que anhelaba ver a la Virgen
Entonces la Virgen empezó a cantar con tal dulzura que el monje perdió el sentido y cayó de bruces al suelo. Cuando sonó la campana de maitines y los monjes se reunieron, faltaba Tomás; buscaron en su celda y en el resto del monasterio, y al fin lo hallaron en el jardín, como sin vida. Cuando su superior le mandó contar lo sucedido, volvió en sí y, bajo obediencia, refirió todos los favores que la Madre de Dios le había mostrado.
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Alejandra y el rosario que la mantuvo viva
Quince días después, el alma de Alejandra se apareció a san Domingo, hermosa y reluciente como una estrella, y le dijo que uno de los mayores alivios para las almas del purgatorio es el rosario que se reza por ellas, y que, en cuanto esas almas llegan al paraíso, ruegan por quien les ofreció esas oraciones. Con esto, san Domingo vio cómo su alma dichosa subía triunfante al cielo.
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Los dos estudiantes y la campana de maitines
Ricardo fue recibido en la orden. Desde entonces llevó una vida ejemplar, fue a la India a predicar la fe, pasó de allí al Japón, y por fin tuvo la gracia de morir mártir por Jesucristo.
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El abogado de Venecia y el mono
El abogado cambió de vida, y podemos esperar que se mantuvo en su nuevo camino hasta la muerte.
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Benedetta y el libro de los pecados
Benedetta hizo fielmente lo que se le dijo, y un día Jesús mismo se le apareció, le mostró el libro y le dijo: "Mira, tus pecados están borrados. El libro está blanco. Ahora escribe en él actos de amor y de virtud". Benedetta así lo hizo, vivió una vida santa, y murió una muerte santa.
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La monja cuyo puesto guardó la Virgen
Beatriz volvió a entrar en el monasterio, tomó de nuevo el hábito religioso, y, agradecida por la misericordia de María, vivió el resto de su vida como una santa. Antes de morir contó toda la historia, para gloria de la Virgen.
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El joven ladrón
Ante este prodigio, el pueblo gritó: "¡Perdón, perdón!", y fue perdonado. Volvió a casa, vivió una vida recta desde entonces, y fue siempre devoto de María, que lo había salvado de una muerte temporal y de una eterna.
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Teófilo y el alma vendida recobrada
Teófilo volvió a la iglesia de la Virgen, y allí, tres días después, murió en paz, con palabras de gracias a Jesús y a su santa madre en los labios.
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El joven arruinado y el pacto del hechicero
Entró, se arrodilló ante su altar y lloró, suplicándole que le alcanzara el perdón de sus pecados. María enseguida comenzó a interceder ante su Hijo por el desdichado joven. Jesús dijo al principio: "Pero este joven ingrato me ha negado, madre". Sin embargo, viendo que ella seguía intercediendo, al fin dijo: "Oh, madre mía, nunca te he negado nada. Será perdonado, ya que tú lo pides".
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Arnoldo y los demonios en su lecho de muerte
Pasó así toda la noche, y cuando llegó la mañana, devuelto a la paz, dijo con alegría: "María, mi Señora y mi refugio, me ha alcanzado el perdón y la salvación". Entonces, viendo que la Virgen le hacía señas de que la siguiera, dijo: "Voy, oh Señora, voy". Intentó levantarse, y aunque su cuerpo no pudo seguirla, exhaló suavemente el último suspiro y la siguió con el alma, como podemos esperar, al reino de la gloria.
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