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El extranjero y el Escapulario de los Siete Dolores

  • Foto del escritor: Maria Reza
    Maria Reza
  • hace 3 días
  • 2 min de lectura

Contado a san Alfonso María de Ligorio por un sacerdote compañero, a quien le ocurrió.


Glories of Mary

Un sacerdote que era compañero de san Alfonso le contó algo que le había sucedido a él mismo. Mientras confesaba en cierta iglesia, un joven se hallaba cerca y parecía querer y no querer acercarse. Después de observarlo un rato, el sacerdote lo llamó y le preguntó si deseaba confesarse. El joven dijo que sí, pero como necesitaba mucho tiempo, el confesor lo llevó a una sala apartada. Allí le dijo que era un extranjero de noble cuna, y que no podía creer que Dios lo perdonara jamás después de la vida que había llevado. Además de muchos otros pecados graves, había caído tan hondo en la desesperación de su salvación que había empezado a pecar no tanto por placer como por abierto desafío a Dios.

 

Había tratado las cosas sagradas con desprecio y, esa misma mañana, había recibido la Comunión sacrílegamente, con intención de cometer un ultraje contra el Santísimo Sacramento, pero se lo impidió la gente que lo notó; entregó entonces al sacerdote la hostia consagrada, envuelta en un papel. Dijo que al pasar junto a aquella iglesia había sentido un fuerte deseo de entrar, que no pudo resistir; una vez dentro, lo asaltó el remordimiento y un confuso anhelo de confesarse, y aunque quiso huir, sintió como si alguien lo retuviera allí por la fuerza hasta que el sacerdote lo llamó.

 

El confesor le preguntó si había conservado alguna devoción. "Ninguna, padre", dijo. "¿Qué devoción podría tener, creyéndome perdido?". Pero, instado a pensar mejor, se llevó la mano al pecho y recordó que llevaba el Escapulario de los Siete Dolores de María. "Hijo mío", dijo el sacerdote, "¿no ves que la Virgen te ha alcanzado esta gracia? Y has de saber que esta es una iglesia de la Santísima Virgen". Ante estas palabras, el joven se conmovió hasta un hondo dolor, rompió a llorar, confesó todos sus pecados, y quedó tan deshecho de pena que cayó llorando a los pies del sacerdote. El confesor lo reanimó, terminó la confesión y lo absolvió, hallándolo verdaderamente contrito y resuelto a cambiar de vida. Volvió a su tierra, habiendo dado al sacerdote plena libertad de dar a conocer en todas partes la gran misericordia que María le había mostrado.


Fuente:

Relatos sencillos de las historias de "ejemplo" que san Alfonso María de Ligorio colocó al final de cada sección de Las Glorias de María. Están parafraseadas en lenguaje moderno y sencillo, fieles al contenido de la traducción inglesa de 1888, aunque no palabra por palabra; los diálogos se han suavizado en lugar de copiarse. El mismo Ligorio, en su "Protesta" como autor, advirtió que los milagros y las apariciones que aparecen en el libro se ofrecen solamente sobre autoridad humana, y no como artículos de fe.

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