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El joven ladrón

  • Foto del escritor: Maria Reza
    Maria Reza
  • hace 3 días
  • 2 min de lectura

Padre Razzi, de la orden de los camaldulenses.


Glories of Mary

Una viuda muy devota de la Santísima Virgen María envió a su hijo joven, tras la muerte del padre, a servir en la corte de un príncipe. Al despedirse, le hizo prometer que rezaría un Avemaría cada día y que añadiría estas palabras: "Santísima Virgen, socórreme en la hora de mi muerte". El joven llegó a la corte, pero pronto cayó en una vida tan disipada y licenciosa que su señor tuvo que despedirlo. Sin medios para sostenerse y desesperado, se fue al campo y se hizo salteador de caminos. Aun entonces seguía rezando la pequeña oración que su madre le había enseñado.

 

Con el tiempo fue apresado, juzgado y condenado a muerte. La víspera de su ejecución, solo en su celda y pensando en su ruina, en el dolor de su madre y en la muerte que lo esperaba, lloraba amargamente. El demonio, viéndolo deshecho, vino a él en forma de un joven apuesto y le ofreció librarlo de la prisión y de la muerte si hacía lo que le mandara. El preso accedió a todo. El extraño le reveló entonces que era el demonio, venido a ayudarlo, y le ordenó primero renunciar a Jesucristo y a los santos sacramentos. El joven lo hizo. Después, el demonio le exigió que renunciara también a la Virgen María y a su protección. "¡Eso jamás lo haré!", gritó, y volviéndose a la Virgen rezó la oración que su madre le había enseñado: "Santísima Virgen, socórreme en la hora de mi muerte". Al oír estas palabras, el demonio desapareció.

 

Traspasado de dolor por haber negado a Cristo, el joven invocó a la Santísima Virgen, que le alcanzó un dolor tan hondo de todos sus pecados que se confesó con muchas lágrimas. Camino del patíbulo pasó junto a una imagen de María y la saludó, como siempre, con su oración, y delante de todos la imagen le inclinó la cabeza.


Profundamente conmovido, suplicó besar los pies de la imagen. Los verdugos se negaron al principio, pero el clamor de la multitud los obligó a permitirlo. Cuando se inclinó a besarle los pies, María extendió el brazo desde la imagen, lo tomó de la mano y lo sostuvo con tanta firmeza que ninguna fuerza pudo apartarlo.

 

Ante este prodigio, el pueblo gritó: "¡Perdón, perdón!", y fue perdonado. Volvió a casa, vivió una vida recta desde entonces, y fue siempre devoto de María, que lo había salvado de una muerte temporal y de una eterna.



Fuente:

Relatos sencillos de las historias de "ejemplo" que san Alfonso María de Ligorio colocó al final de cada sección de Las Glorias de María. Están parafraseadas en lenguaje moderno y sencillo, fieles al contenido de la traducción inglesa de 1888, aunque no palabra por palabra; los diálogos se han suavizado en lugar de copiarse. El mismo Ligorio, en su "Protesta" como autor, advirtió que los milagros y las apariciones que aparecen en el libro se ofrecen solamente sobre autoridad humana, y no como artículos de fe.

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Mary Prays

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