Los frailes y la carta de nuestra Señora
- Maria Reza

- hace 3 días
- 2 min de lectura
Relatado en las crónicas franciscanas.

Dos frailes franciscanos iban de camino a visitar un santuario de la Santísima Virgen María cuando la noche los sorprendió en un gran bosque. Perdieron el camino y se desorientaron tanto que no sabían qué hacer. Avanzando un poco más, distinguieron en la oscuridad lo que parecía una casa. Tanteando con las manos extendidas, tocaron una pared, hallaron la puerta y llamaron. Una voz desde dentro preguntó quiénes eran, y respondieron que eran dos pobres religiosos que se habían extraviado por accidente en el bosque y buscaban refugio, para que al menos no los devoraran los lobos. Al instante se abrió la puerta, y dos pajes ricamente vestidos los recibieron con gran cortesía.
Los frailes preguntaron quién vivía en el palacio, y los pajes respondieron que vivía allí una Señora muy bondadosa y buena. "Quisiéramos presentarle nuestros respetos y agradecerle su bondad", dijeron. "Los llevaremos ante ella", respondieron los pajes, "pues también ella desea hablar con ustedes". Subieron las escaleras y hallaron las estancias todas iluminadas, ricamente amuebladas y llenas de un perfume como el del paraíso. Al fin entraron en la sala de la Señora, que era majestuosa y bellísima, y que los recibió con mucha bondad y les preguntó adónde iban. Dijeron que iban a visitar cierta iglesia de la Santísima Virgen. "Si es así", dijo la Señora, "cuando vayan les daré una carta mía que les será de gran ayuda". Mientras hablaba, ellos se sintieron todos encendidos en el amor de Dios y llenos de un gozo que nunca antes habían conocido.
Fueron a descansar, si es que podían dormir en medio de tanta felicidad, y por la mañana volvieron a despedirse, darle gracias y recibir la carta. Así lo hicieron y se pusieron en camino. Pero cuando se habían alejado un poco de la casa, notaron que la carta no tenía destinatario; volvieron para preguntar, pero ya no pudieron hallar la casa. Al fin abrieron la carta para ver a quién estaba dirigida y qué decía, y hallaron que era de la Santísima Virgen María, escrita para ellos mismos. Les hacía saber que ella era la Señora que habían visto la noche anterior, que por su devoción a ella les había procurado refugio y descanso en aquel bosque, y los exhortaba a seguir sirviéndola y amándola, pues ella recompensaría bien su devoción y los socorrería en la vida y en la muerte. Al pie estaba la firma de la Virgen María. Fácil es imaginar las gracias que aquellos buenos frailes dieron a la Madre de Dios, y cuán fuertemente se sintieron movidos a amarla y servirla el resto de su vida.
Fuente:
Relatos sencillos de las historias de "ejemplo" que san Alfonso María de Ligorio colocó al final de cada sección de Las Glorias de María. Están parafraseadas en lenguaje moderno y sencillo, fieles al contenido de la traducción inglesa de 1888, aunque no palabra por palabra; los diálogos se han suavizado en lugar de copiarse. El mismo Ligorio, en su "Protesta" como autor, advirtió que los milagros y las apariciones que aparecen en el libro se ofrecen solamente sobre autoridad humana, y no como artículos de fe.

Comentarios