La tentación de desesperar
- Maria Reza

- hace 4 días
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De la vida de san Francisco de Sales.

A los diecisiete años, Francisco de Sales estudiaba en París y llevaba una vida entregada a Dios, llena del gozo de su amor. Para probar su fe, Dios permitió que el demonio le insistiera con el pensamiento de que todos sus esfuerzos eran inútiles, porque ya estaba condenado por decreto de Dios. Dios también lo dejó por un tiempo en sequedad espiritual, de modo que no podía sentir ningún consuelo de la bondad divina, y esto hacía que la tentación pesara mucho más. Entre el miedo y la desolación perdió el apetito, el sueño, el color y el buen ánimo, y cuantos lo veían se compadecían de él. Mientras duró la lucha, solo podía pensar y hablar de tristeza y desconfianza, doliéndose de que quizá nunca vería a Dios ni a la Santísima Virgen en el cielo, y aun así seguía amándolos. La tentación se prolongó por un mes.
Al fin Dios lo libró por medio de la Virgen. Una tarde, camino de casa, entró en una iglesia y vio en la pared una pequeña tablilla con una oración de san Agustín escrita en ella, el recuerdo de que nadie que alguna vez haya acudido a María en busca de auxilio ha quedado abandonado. Se arrodilló ante el altar de la Madre de Dios y la rezó con hondo sentimiento. Renovó su voto de castidad, prometió rezar el rosario todos los días, y pidió a María que fuera su abogada ante su Hijo, suplicando que, aunque en la otra vida de algún modo no pudiera amar a Dios, al menos lo amara con todas sus fuerzas en esta.
Entonces se entregó a la misericordia de Dios. Apenas había terminado cuando María lo libró de golpe de la tentación. Volvió su paz, y con ella su salud, y desde entonces vivió como un siervo devoto de María, proclamando sus misericordias en su predicación y en sus escritos durante el resto de su vida.
Fuente:
Relatos sencillos de las historias de "ejemplo" que san Alfonso María de Ligorio colocó al final de cada sección de Las Glorias de María. Están parafraseadas en lenguaje moderno y sencillo, fieles al contenido de la traducción inglesa de 1888, aunque no palabra por palabra; los diálogos se han suavizado en lugar de copiarse. El mismo Ligorio, en su "Protesta" como autor, advirtió que los milagros y las apariciones que aparecen en el libro se ofrecen solamente sobre autoridad humana, y no como artículos de fe.

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