Santa María Egipciaca
- Maria Reza

- hace 4 días
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De las Vidas de los Padres, vol. 1.

A los doce años huyó de sus padres y se fue a Alejandría, donde llevó una vida tan escandalosamente pecaminosa que se volvió el escándalo de la ciudad. Después de dieciséis años en el pecado, fue a parar a Jerusalén, y en la fiesta de la Santa Cruz quiso entrar en la iglesia, más por curiosidad que por devoción. En el umbral, una fuerza invisible la hizo retroceder. Lo intentó una segunda vez, y de nuevo fue rechazada, y una tercera y una cuarta vez sucedió lo mismo. Se retiró a un rincón del pórtico, y allí fue iluminada por dentro y comprendió que Dios le había cerrado la iglesia por su mala vida.
Al levantar los ojos, vio una imagen de la Santísima Virgen en el vestíbulo. Llorando, se volvió hacia ella y suplicó a la Madre de Dios que se compadeciera de ella. Reconoció que sus pecados la hacían indigna hasta de ser mirada, pero suplicó, ya que la Virgen era el refugio de los pecadores, y prometió que, si tan solo lograba entrar, cambiaría de vida y haría penitencia dondequiera que la enviaran. Entonces oyó una voz interior, como si la Virgen le respondiera, que le decía que entrara, pues la había invocado y deseaba enmendarse. Entró, se arrodilló ante la cruz y lloró, y luego volvió a la imagen y preguntó adónde debía ir a hacer penitencia. La voz le dijo que pasara al otro lado del Jordán, donde hallaría su descanso.
Se confesó, recibió la comunión, cruzó el río y se internó en el desierto. Durante los primeros diecisiete años los espíritus malignos la asaltaron con furia, tratando de hacerla caer de nuevo, pero ella seguía encomendándose a María, que le daba fuerzas para resistir hasta que por fin cesó la lucha. Después de cincuenta y siete años en el desierto, a los ochenta y siete de su edad, la halló el abad san Zósimo, a quien contó toda la historia de su vida, pidiéndole que volviera al año siguiente y le llevara la comunión. Así lo hizo.
Le pidió que volviera una vez más, y cuando regresó la tercera vez la encontró muerta, su cuerpo rodeado de luz, y unas palabras escritas en la arena pidiendo que la enterraran allí y rezaran por ella. Un león vino y cavó su sepultura, el abad la enterró, y volvió para contar las maravillas de la misericordia de Dios para con esta dichosa penitente.
Fuente:
Relatos sencillos de las historias de "ejemplo" que san Alfonso María de Ligorio colocó al final de cada sección de Las Glorias de María. Están parafraseadas en lenguaje moderno y sencillo, fieles al contenido de la traducción inglesa de 1888, aunque no palabra por palabra; los diálogos se han suavizado en lugar de copiarse. El mismo Ligorio, en su "Protesta" como autor, advirtió que los milagros y las apariciones que aparecen en el libro se ofrecen solamente sobre autoridad humana, y no como artículos de fe.

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